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Persona adictiva y la enfermedad de las creencias

En el primer episodio de la trilogía «La Santísima Trinidad», Alberto Escribano y el psicólogo Pedro Redondo se adentran en uno de los pilares fundamentales de la adicción: la figura de la persona adictiva. Esta conversación no busca dar una lección teórica, sino abrir un espacio de reflexión, vulnerabilidad y verdad. A través de sus testimonios y experiencias, proponen una mirada más humana, compasiva y profunda sobre el fenómeno adictivo.

¿Existe la personalidad adictiva?

Pedro aclara desde el inicio que no se puede hablar de una única “personalidad adictiva” como si fuera una categoría cerrada. Lo que sí existen son rasgos de personalidad que aumentan la probabilidad de desarrollar una adicción, especialmente cuando están sostenidos por creencias distorsionadas. Es decir, no es que todas las personas adictas sean iguales, sino que muchas comparten ciertas formas de pensar, sentir y actuar que las empujan a buscar alivio o evasión.

Un ejemplo claro es el perfeccionismo, que no es un simple hábito de orden o exigencia, sino la expresión externa de una creencia interna: “debo ser perfecto”. Y como esta, hay muchas otras. Lo interesante no es solo identificar el rasgo, sino explorar la creencia que lo sostiene, ya que es ahí donde comienza la verdadera transformación.

Las cuatro creencias que alimentan la adicción

Durante la conversación, Pedro menciona las que él considera cuatro creencias nucleares que aparecen de forma recurrente en personas con problemas de adicción. Son exigencias internas que, aunque parezcan lógicas o incluso deseables, son inalcanzables y profundamente dañinas:

  1. Yo debería ser perfecto
  2. Yo debería poder controlarme a mí mismo y a lo que me rodea
  3. Yo debería conseguir lo que quiero
  4. Yo no debería sufrir

Estas ideas, aunque puedan parecer normales, generan un conflicto constante con la realidad. Como son imposibles de cumplir, llevan a la persona a experimentar culpa, frustración, inseguridad y malestar emocional constante, lo que favorece el consumo como estrategia de evasión.

El falso poder del control

Uno de los ejes más profundos del malestar adictivo es la obsesión con el control. La persona adicta suele intentar controlar su entorno, sus emociones y a los demás, creyendo que así podrá evitar el dolor o el caos. Sin embargo, como explican en el video, esta necesidad de control termina descontrolando por completo a la persona.

Alberto comparte cómo, en su proceso personal, descubrió que cuanto más intentaba controlar, más se perdía a sí mismo. Este es un punto de inflexión para muchas personas en recuperación: reconocer que el control no es poder, y que soltarlo puede ser el primer paso hacia la libertad emocional.

Vínculos rotos: apego ansioso, evitativo y desorganizado

La adicción no solo afecta el consumo o la conducta, también deteriora profundamente la forma de vincularnos con los demás. Muchas personas con adicción presentan lo que se conoce como apego desorganizado, una combinación caótica de apego ansioso (miedo al abandono) y evitativo (miedo a la intimidad).

Estas dinámicas relacionales no dependen de las personas con las que uno se relaciona, sino de lo que simbolizan esas relaciones: intentos inconscientes de llenar vacíos afectivos no resueltos. Así, algunas relaciones se vuelven adictivas en sí mismas, repitiendo patrones de dependencia, control y sufrimiento.

La máscara social y la desconexión interna

Otro tema clave que se aborda en el video es el uso de máscaras emocionales. Muchas personas adictas han aprendido a no sentir o a no mostrar lo que sienten. Se desconectan de su mundo emocional y proyectan una imagen que no corresponde con su verdadero estado interno. Este “personaje” que adoptan puede funcionar a corto plazo, pero a largo plazo aumenta el vacío existencial y la soledad.

La raíz de este mecanismo suele estar en el miedo a ser rechazado, a no ser suficiente, o a no ser querido. El problema es que, cuanto más se alejan de su esencia, más se refuerza el dolor original que intentan evitar. La desconexión con uno mismo se convierte entonces en una prisión invisible.

El inicio de la recuperación: honestidad y vulnerabilidad

La recuperación no empieza el día que se deja de consumir, sino el día que uno se atreve a decir la verdad. Pedro y Alberto coinciden en que la honestidad radical con uno mismo es la puerta de entrada real al cambio. Es ahí, en el momento de vulnerabilidad sincera, donde aparece la posibilidad de reconstrucción.

Compartir la verdad en grupo, ser escuchado sin juicio, y poder decir “no puedo más, ayúdame” es una experiencia sanadora que muchos nunca habían vivido. La pertenencia, el vínculo y la empatía son elementos fundamentales del proceso. Porque como bien dice Pedro: si no tienes sentido de pertenencia contigo mismo, difícilmente podrás vincularte con los demás.

El daño invisible y la responsabilidad de sanar

Hacia el final del episodio, Alberto comparte un testimonio profundo sobre el daño que causó a su entorno durante su etapa activa en la adicción, especialmente a su madre y pareja. Este relato no es solo un ejercicio de culpa, sino una llamada a la conciencia: la adicción no solo hiere al que consume, también hiere profundamente a quienes lo rodean.

Sanar, por tanto, no es solo dejar de consumir, sino reconocer el daño causado, asumir la responsabilidad emocional y comenzar un proceso de restitución y conciencia. Solo así es posible crecer, perdonarse y reconstruir una vida con sentido.

Mirar hacia atrás para avanzar: lo que ha pasado

El cierre del episodio deja una reflexión poderosa: muchas veces preguntamos al paciente “¿qué te pasa?”, pero quizá deberíamos preguntarle “¿qué te ha pasado?”. Comprender la historia personal, los vacíos, las heridas y las circunstancias que moldearon esa personalidad adictiva no busca justificar los actos, sino entender el origen para poder transformarlo.

Solo desde la comprensión y la aceptación de la historia personal se puede iniciar un camino de libertad. Porque nadie cambia lo que no comprende.

En el próximo capítulo: la familia adictiva

Este primer episodio nos introduce a la dimensión individual de la adicción. Pero la trilogía continuará explorando los otros dos vértices de la trinidad: la familia adictiva y la sociedad adictiva. Porque la adicción no es un fenómeno aislado. Es una dinámica que se construye y se perpetúa en lo familiar y lo social. En el siguiente capítulo, abordaremos cómo la familia puede ser parte del problema… pero también parte de la solución.

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